EPÍLOGO II

Tomé su mano y negué con la cabeza:

- Quizás tengas razón. Estoy imaginando cosas...

- ¡O no! – Sean se sentó en el asiento trasero, acercándose a mí.

- Abuelo, ¿estabas escuchando nuestra conversación?

- ¡Imposible no oír! Hablas demasiado alto. – se quejó a Andrés.

Miré a los niños, que dormían tranquilamente.

- ¿Crees que estoy imaginando cosas, abuelo?

- Creo que Satini nunca fue una mujer que dejara de luchar por nada. Está en su sangre no aceptar algunas cosas. ¿Y Estevan? Bueno, Estevan
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