Las risas animadas y los murmullos alegres que exaltaban la sorpresa y admiración, se escuchaban en aquella plazoleta que se hallaba en el centro del pueblo. La alegría de los turistas era enfermiza, casi una burla para lo que aquel pueblo había sido antaño. Los niños corrían para juguetear en las fuentes, y poco a poco la noche comenzaba a caer sobre lugar que al poco tiempo se iba llenando de parejas que buscaban su pequeño rato de amor.
Elijah Bennet miraba con rencor todo aquello. Canterbur