Abro los ojos lentamente, todavía aturdida.
Afuera ya está oscureciendo, es casi de noche.
Intento levantarme, pero escucho el tintineo de unas cadenas en mis muñecas.
Me sobresalto y despierto por completo.
Al incorporarme, veo en la penumbra que Dante está sentado junto a la cama, mirándome fijamente sin moverse.
Doy un ligero respingo y exclamo:
— ¡Caramba!
Enseguida me doy cuenta de que se me ha escapado una palabrota.
— Dante —dijo, tirando de las cadenas que me sujetan las muñecas—. ¿Qué e