Dante suavizó su expresión y su voz se volvió más gentil.
—Tienes fiebre. Necesitas ver a un médico.
Pero la dirección en la que íbamos no parecía ser la correcta.
—Este no es el camino al hospital —observé aturdida.
—No, Gael. Vamos a casa. El médico de la familia ya nos está esperando —respondió Dante, sosteniéndome en su suave regazo y jugando distraídamente con mis dedos.
Me sentía rígida como una simple marioneta. Hace poco, nuestra relación era como de hermanos. Él era tan frío como el hie