Las cuatro de la tarde habían llegado a la Iglesia Obscura, en la ciudad de Brasov; los tonos naranjas y azules del cielo, la coloreaban de una manera impresionante mientras los sonidos de la música sacra en violín creaban un ambiente solemne que salía de las cuatro paredes del atrio y llegaba a los alrededores.
Aquel virtuoso ejecutante alto, de cabello castaño claro medio largo, que llevaba tocando al menos una hora con los ojos cerrados, se trataba de Raguel, quien a menudo daba extensos con