Madison dispara una y otra vez hasta quedarse sin balas. De alguna manera, ninguna de estas golpea al bastardo.
Me arrastro hacia mi escopeta, le apunto y le vuelo la puta cabeza.
La sangre salpica mi coche y a Madison mientras el cuerpo sin cabeza del salvaje se desliza por el lateral del vehículo.
Ella abre la puerta de golpe y corre hacia mí. Cuando me alcanza, salta y me rodea el cuello con los brazos.
“Entremos”.
La guío a través de la entrada trasera de la casa. “Necesito que te quede