Klaus
Cooper dormía en una silla en la esquina de la habitación. El cuello de la chaqueta le rodeaba la barbilla, sus brazos estaban cruzados sobre el pecho y los pies estaban apoyados en la mesita que había colocado delante de la puerta a modo de barricada.
No había testigos de nuestra llegada a la casa de Blair, pero en el camino, cada paso parecía agitar cada vez más a Cooper. Le frustraba mi calma y le enfadaba que yo no me enfadara. Estaba claro que le encantaba hacerle perder la cordura