Punto de vista de Rosalie
Seguía de pie en el mismo sitio.
Habían pasado cuatro minutos desde que entré al baño. Quizá cinco. No se había movido del lugar donde lo dejé; permanecía en la cocina, ahora con los brazos caídos a los costados en vez de apoyados sobre el respaldo de la silla. La tensión en los hombros resultaba evidente: esa rigidez propia de quien se queda completamente inmóvil por no saber qué movimiento sería el adecuado.
Esperaba que saliera corriendo; su rigidez lo delataba.
Esa