— ¡Aleja tus manos de mi mujer! — exigía O´Brien caminando hacia la pareja para atacar.
— ¡Ella no te pertenece! ¡es mi esposa! — devolvía la amenaza el adonis castaño.
Madison tembló ante las palabras de Ernest, ¿Su esposa? ¿Acaso el?...
— ¡Maldito perro! ¡Mi hermana no le pertenece a tu miserable familia, morirás aquí! — gritaba el apuesto ojiceleste.
— ¡BASTA! — grito Madison haciendo que todos la miraran fijamente.
— ¡No le pertenezco a ninguno de ustedes malditos machos egocentristas! — Ma