Zoe
Llegué a la agencia a la mañana siguiente con una taza de café hirviendo en la mano y la mente enfocada en cumplir mi promesa a Christopher. Me había repetido el mantra unas cien veces en el camino: trabajar, sonreír, mantener la cabeza baja y no cruzar ni media palabra con Alexander si se le ocurría aparecerse.
Pero el peligro no vino vestido con traje negro ni oliendo a tabaco y madera. Vino con un abrigo de alta costura, un collar de perlas impecable y un perfume a rosas tan caro como