La voz clara y familiar cambió por completo el rostro de Gabriela, reflejando alegría, excitación e impaciencia indescriptible: —¿Rodrigo?
En el siguiente momento, su voz pasó de emocionada a cautelosa: —Rodrigo, ¿eres tú?
Desde el otro lado vino una afirmación: —Estoy bien.
Gabriela se sintió como si toda su energía hubiera sido drenada en ese instante, apoyándose débilmente en la pared a su lado. Sonrió con los ojos enrojecidos, tratando de mantener la calma: —¿Dónde estás? Iré a buscarte.
Alf