Fue un gravísimo error de Davids el de perder el tiempo golpeándome en lugar de escapar por uno de los grandes ventanales del pasadizo. Uno de los vigilantes de la clínica que tenía contratados Brown, alarmado por mi gran alarido, llegó con su arma desenfundada y viendo a Davids listo a llenarme el cráneo de plomo, le atinó un certero disparo en medio de los ojos que le reventó la cabeza igual a una calabaza. Davids cayó de bruces en medio del pánico y los gritos aterrados de doctores y pacien