Arlo estaba acostumbrado a presenciar la muerte, pero en ese momento sintió algo distinto: una mezcla amarga de pérdida y desolación que no supo cómo procesar.
Fue entonces cuando comprendió algo que nunca había querido admitir.
La señorita Griffin no lo había perdonado por compasión, ni mucho menos por considerarlo valioso. Lo había dejado vivir únicamente porque, para ella, esa era la opción más conveniente.
En su mente, el hecho de que aquel misterioso enemigo hubiera intervenido era un ins