Balar, la capital de Velghary, estaba en alerta totalmente. Los oficiales revisaban las calles en busca de rastros de los fugitivos, mientras que los agentes federales del FBI allanaban los viejos escondites de la Gran Hidra. Claro está que todos los equipos de búsqueda actuaban con la mayor cautela posible, lo menos que la familia real necesitaba en ese instante es que los velgharos se volvieran locos, eso complicaría más el objetivo de prevalecer en el poder y mantener la paz.
No había un sol