El joven de ojos color ocre dejó su abrigo sobre uno de los sillones que había en su oficina y se tomó un momento para aclarar sus ideas. Cerró los ojos y respiró profundo varias veces al tratar de controlar su ritmo cardiaco.
En su mente todo fue guardado dentro de un cofre al que le puso llave y para cuando abrió los ojos nuevamente, ya estaba en completo control de sí mismo.
Fue al escritorio para realizar una videollamada a través de la laptop.
—¡Hola, mi niño! —saludó eufórica una mujer de