Valeria Sanroman
El agua salpica a mi alrededor, y la risa de Santiago retumba como un eco que no se extingue. Estamos en un parque acuático, un lugar que él ama más de lo que debería, rodeado de peces de todos los colores imaginables y con exhibiciones que parecen transportarnos a un mundo submarino. No puedo evitar sonreír al verlo tan emocionado, aunque este no sea precisamente mi plan ideal de domingo.
—¡Mira ese, Val! —me grita mientras señala una enorme pecera con un pez exótico que pare