Toco el lado de la cama de Sam y noto que está vacío. Me levanto, alarmado, y la veo en el balcón, sentada en una silla, con la mirada perdida en el horizonte.
—Buenos días —digo, caminando hacia ella.
—Buenos días —responde sin mirarme, su voz cargada de desdén.
—¿Qué tienes? —pregunto, sintiendo la tensión en el aire.
—¿De verdad me preguntas eso? —rueda los ojos sin mirarme.
—¿Estás así por lo de anoche? —me atrevo a preguntar, aunque sé que puede no ser la mejor pregunta.
—Sí —responde con