Capítulo 9 — Mi hermosa prometida.

Holden le lanzó una mirada de profunda admiración.

—Te aumentaré el sueldo, Andrea. Eres la mejor.

—Ya lo sé.

Y dos horas después, salí de un exclusivo salón de belleza sintiéndome como un espécimen raro, pero hermosa.

Me habían alisado el cabello hasta dejarlo como la seda y me maquillaron el rostro de una manera tan impecable que estaba segura de que a Holden le habían cobrado por eso más que mi propio salario mensual. Eso sin contar el hermoso vestido de cóctel color esmeralda que parecía hecho exclusivamente para mí.

Era elegante, discreto y, a la vez, imposible de ignorar.

Holden ya estaba listo desde hacía rato y me había esperado en la sala de recepción. Cuando me vio, su expresión burlona se suavizó por un segundo, haciéndome sentir un poco tímida.

—Vaya —silbó, con la voz más baja de lo normal—. Te ves… bien, Godoy.

—¿Solo bien? —bromeé, nerviosa.

—No. Te ves… diferente. Mucho más hermosa que Amira.

—Por favor, somos idénticas.

—No lo son —me cortó él, acercándose. Sus ojos verdes eran intensos y estaba muy serio—. Ella tiene una belleza de cartón, sin ningún impacto. En cambio tú, Adara… tienes un brillo especial en los ojos. Algo que pide salir a gritos y esta noche, por fin, lo hará. No eres la sombra de nadie, Godoy. Nunca lo has sido y es hora de que te des cuenta de eso.

Oh.

Sus palabras me dejaron sin aire.

Y por un momento, olvidé que esto era un simple juego con mi mejor amigo.

[...]

La mansión Somerset no era simplemente una mansión. Era un castillo moderno de cristal y acero, ubicado en un sector exclusivo con vistas al océano.

Al entrar, el silencio fue total, pero a medida que avanzábamos, comenzamos a escuchar un murmullo creciente.

Dios, no dejes que cometa una estupidez.

El salón principal estaba repleto. Al menos una docena de personas conversaban en grupos; hombres con trajes exclusivos y mujeres con vestidos que costaban más que mi educación universitaria. Y justo en el centro, en un enorme sillón que parecía un trono, estaba un hombre mayor de cabello blanco, con una mirada tan fría que podía perforar el mismísimo acero.

Marcel Somerset.

Joder, estoy segura de que nos van a descubrir.

Holden apretó mi mano, la cual ya estaba completamente sudada por los nervios.

—¿Lista? —murmuró en mi oído, sonriendo como si no pasara nada.

—No.

—Perfecto. Actuaremos mejor bajo presión.

Imbécil.

Y finalmente nos abrimos paso. Cuando todos se dieron cuenta de nuestra presencia, las conversaciones cesaron de golpe.

Sentí cientos de ojos escudriñándome, comparándome y evaluando cada detalle de mi aspecto.

Holden no había exagerado en absoluto.

—Abuelo —lo saludó el castaño, con una voz clara y respetuosa que nunca antes le había oído. Parecía otra persona—. Aunque ya has escuchado de ella, permíteme presentarte a Adara Godoy. Mi hermosa prometida.

Ay, no.

El anciano me miró de inmediato y sus ojos, del mismo verde que los de Holden pero mucho más gélidos, me recorrieron de arriba abajo.

No sonrió.

Ni siquiera hizo un solo gesto.

—Señorita Godoy —saludó, y yo tragué grueso. Su voz era tan grave como un trueno lejano—. Es un placer tenerte en nuestro hogar. Debo decir que quedé muy sorprendido cuando Holden me dijo que tú eras su prometida.

M****a.

—El placer es mío, señor Somerset —respondí, logrando que mi voz no temblara. Incliné ligeramente la cabeza, no con una reverencia, sino con un gesto de respeto absoluto—. Primero me gustaría disculparme con usted. Holden ha sido así de discreto sobre nuestra relación por decisión mía. Quería asegurarme de que estábamos dando el paso correcto antes de hacerlo público.

El anciano arqueó una ceja, bastante sorprendido por mi respuesta.

—¿Discreto? ¿Holden? Querida, mi nieto no conoce el significado de esa palabra.

Créame que lo sé.

—Quizás —comenté, permitiéndome dejar salir una pequeña sonrisa—. Supongo que él también quería asegurarse de que me interesara por su carácter y no por sus… circunstancias.

Holden me lanzó una mirada de advertencia divertida, pero también de aprobación.

Yo también puedo hacerte sufrir un poco, Somerset.

El abuelo de Holden observó el intercambio en silencio. Luego, su mirada bajó a nuestras manos entrelazadas y comenzó a asentir lentamente.

—Veo que aún no llevas un anillo.

¡Mierda!

¡Olvidé ponérmelo antes de entrar!

Sin embargo, Holden, sin soltarme, metió la mano libre en su chaqueta y, con una delicadeza que no le conocía, sacó la pequeña bolsa de terciopelo. El diamante amarillo capturó cada haz de luz de la habitación y la devolvió multiplicada.

Juro que fui capaz de escuchar un suspiro colectivo en la sala.

—Lo tenía guardado para este momento, abuelo —comentó Holden, y su voz sonó genuinamente emocionada—. Porque quería que fueras tú, y nuestra familia, los primeros en verlo. En verla a ella con él.

Y entonces deslizó el anillo en mi dedo, bajo la atenta mirada de todos.

La piedra pesaba una tonelada y brillaba como un hermoso pedazo de sol.

Marcel Somerset observó la joya y luego mi rostro. Por primera vez desde que llegamos, una esquina de sus labios se curvó hacia arriba.

Oh.

—Bien —respondió, asintiendo con parsimonia—. Al fin tomaste una decisión que no me hace cuestionar tu juicio, Holden. Es una chica hermosa y muy educada, por lo que veo... Bienvenida a la familia, Adara.

Solo por poco tiempo, señor.

Ese fue el sello de aprobación. La tensión en la sala finalmente se rompió en una oleada de felicitaciones, conversaciones y pasos hacia nosotros.

Nuestro plan… había comenzado.

Y mientras sonreía y respondía preguntas, con el peso del diamante amarillo en mi mano y la palma de Holden firme y cálida en mi espalda, supe que ya no había vuelta atrás.

Me casaría con mi mejor amigo y tendría una oportunidad de vivir.

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