Capítulo 10 — Terremoto magnitud 9.5.

La mañana siguiente se sintió como una victoria clandestina.

Había llegado a casa pasadas las tres de la madrugada, aún con el vestido esmeralda que ahora colgaba en mi armario como un trofeo.

Lo más costoso que alguna vez hubiera colgado allí.

El silencio de la casa era el de siempre, cargado de la absurda normalidad que siempre me ahogaba.

Aún con sueño, me levanté y bajé a la cocina. La escena era la misma; Amira y mi madre pegadas a la tablet, discutiendo los diferentes tonos de blanco y marfil para las mesas.

Papá, leyendo su periódico, era una estatua de desinterés ante las cosas que pasaban a su alrededor.

A él realmente no le interesaba ninguno de esos temas.

—Buenos días —los saludé, yendo directo al refrigerador para servirme un vaso de jugo.

Mamá alzó la vista al escucharme. Sus ojos me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en la vieja sudadera y los jeans sueltos con los que había reemplazado el vestido de anoche.

—Llegaste esta madrugada, Adara. ¿Dónde estabas?

M****a.

—Salió algo de último momento —respondí, evasiva, mientras probaba el jugo.

—¿Algo de último momento? ¿Con quién? No tienes amigos con quienes ir de fiesta —se metió Amira sin apartar los ojos de la pantalla. Ella nunca perdía la oportunidad de soltar su veneno—. A menos que cuentes a esos programadores patéticos de tu trabajo como tus amigos. No me sorprendería, la verdad. Se ven muy... de tu estilo.

—No todos tenemos una agenda social repleta de personas hipócritas emocionadas por tu boda, Amira.

Eso la hizo dejar todo lo que estaba haciendo para enfocarse en mí.

Y así rebajarme lo más que pudiera.

—No, claro. Tú tienes… ¿qué? ¿Sesiones de gaming online? —soltó una risita burlona y yo rodé los ojos—. Mamá, ya no le prestes atención. La ratona que tienes como hija sería incapaz de hacer algo mínimamente divertido. Estoy segura de que estaba programando algún estúpido videojuego o ayudando a algún nerd con su tesis. ¿Qué más podría hacer alguien que ni siquiera puede correr media cuadra sin ponerse morada?

Esa maldita frase.

La manera en cómo la había dicho, con esa dulzura venenosa, resonó en mi pecho como un latigazo. Papá bajó el periódico un milímetro para verme y mamá me miró con una mezcla de fastidio y… ¿lástima?

Es suficiente, joder... ¡Estoy harta de esta maldita m****a!

Había sido la gota que rebasó el vaso. La misma gota que había estado llenándolo durante veintisiete años.

No más, Amira Godoy.

Se acabó tu reinado de crueldad.

Dejé el vaso de jugo sobre la encimera con un golpe seco, llamando la atención de todos de nuevo.

—De hecho —abrí la boca y mi voz sonó más clara y firme de lo que esperaba—, estaba en un evento. Uno muy importante para mí, Amira.

Mi hermana, que por fin me miró de frente, arqueó una ceja en forma de burla.

—¿Ah, sí? ¿Ganaste un concurso de programación, Adara? ¿Te dieron una medallita boba por tu cerebro de ratona?

—No, cariño... Estaba en mi fiesta de compromiso.

Toma eso, Amira.

El silencio en el lugar fue absoluto. Tan profundo que podía escuchar el zumbido del refrigerador. Papá bajó completamente el periódico y mamá dejó la tablet sobre la mesa, levantándose del sillón.

—¿Qué…? ¿Qué dijiste, Adara? —preguntó mi padre, con el ceño fruncido.

A ver cómo toman esto.

—Dije —repetí, disfrutando cada sílaba que pronunciaba con lentitud para que fueran capaces de escucharme perfectamente bien— que anoche fui a mi fiesta de compromiso. Me voy a casar, familia.

Amira parpadeó un par de veces; luego, una sonrisa llena de incredulidad se le dibujó en los labios.

No me había creído ni una sola palabra.

—Vamos, Adara. No empieces con tus fantasías. ¿Quién diablos se va a querer casar contigo? ¿El repartidor de pizzas? Por favor, no me hagas reír y mejor prepara el desayuno.

—No es ninguna fantasía, hermanita. Mi noticia es muy real. Y aprovecho para contarles que mi prometido vendrá a cenar esta noche para conocerlos.

Mamá puso las manos en las caderas y me miró con el ceño fruncido.

—Adara, esto no es gracioso. ¿De qué estás hablando? ¿Con quién te has estado viendo? ¿Por qué no nos habías dicho nada?

—Porque no era asunto de ustedes hasta que por fin estuvo decidido —respondí, sosteniendo su mirada—. Y ahora que lo está, es el momento ideal para que venga a conocerlos... Esta vez quise mantenerlo muy privado, ya saben... para no cometer los mismos errores del pasado.

Amira no pudo soportarlo más y soltó una risa estridente y muy forzada.

Pero por dentro, sabía que estaba explotando de la rabia.

—Ya deja las estupideces, Adara. ¡Ni siquiera tienes un maldito anillo! —señaló mi mano vacía con ínfulas de superioridad—. ¿Qué clase de compromiso es este? ¿Estás mintiéndonos o es que tu prometido ni siquiera te pudo comprar una argollita de plata? Dios, Adara, ¿es un mendigo? Tiene que ser un tipo muy pobre para no poder darte al menos un símbolo decente.

Juro que lo sentí.

Sentí el impulso de mostrarle el diamante amarillo y de regodearme en su peso y su exclusividad, pero mi mente fría se impuso.

Aún no es el momento.

Guarda la mejor carta para el final, Godoy.

—El anillo es lo de menos —respondí, encogiéndome de hombros—. Lo importante es la decisión que estamos tomando. Y, ¡oh!, la cena de esta noche. Estoy muy ansiosa porque lo conozcan; estoy segura de que lo adorarán. En especial tú, Amira.

Mi hermana no dijo nada más, pero me estudió con la mirada en busca de cualquier detalle que le diera ventaja, aunque no encontró nada.

Después de un rato, fui capaz de ver el momento exacto en que su cerebro, siempre maquinando, cambió de estrategia y su burla se transformó en una condescendencia manipuladora.

Aquí vamos con el segundo acto.

—Oh, pobrecita —ella se acercó y puso una mano en mi hombro, fingiendo tenerme empatía—. Claro que queremos conocerlo. ¡Debemos celebrar que estás comprometida! Es… inesperado, pero si tú estás feliz… —Se giró hacia nuestros padres y les sonrió con esa carita de ángel por la que ellos siempre caían—. Mamá, papá, debemos hacer una cena especial para apoyar a Adara. Y para que vea que el amor verdadero, el que vale la pena celebrar, es como el mío con August. Él también debe venir, estoy segura de que se alegrará por ti, hermana.

Papá se aclaró la garganta y se levantó de su asiento. Jamás lo había visto tan confundido como hoy.

Lo había sacado de su zona de confort.

—Amira tiene razón. Si es cierto, debemos conocer a este hombre misterioso. Y si August viene… bien. Podremos comparar si es digno de nuestra hija.

La palabra "comparar" sonó como una advertencia, pero en lugar de hundirme, una llama fría se encendió en mi pecho.

Sí, comparen. Por favor, comparen.

—No te preocupes, papá. Estoy segura de que lo aceptarán de inmediato.

—¡Perfecto! —aplaudió Amira, con una chispa maliciosa en los ojos—. Organizaremos una cena familiar e íntima. Para celebrar que por fin a mi hermanita le ha tocado un poquito de felicidad… a su nivel, claro, pero felicidad al fin. Ya sabes, algo sencillo y sin pretensiones. Como debe ser para una persona como ella... Incluso puedo prestarte un par de pendientes; estoy segura de que será la única vez que podrás usar unos así.

—Siempre tan bondadosa, hermana, pero puedo arreglármelas yo sola —respondí, con una sonrisa serena que la hizo dudar por un microsegundo—. Esta noche, entonces. Iré a coordinar la hora... Les prometo que se llevarán una grata sorpresa al conocerlo.

Y entonces salí de la cocina con la espalda recta, dejándolos sumidos en un silencio cargado de escepticismo y morbo. Mientras subía las escaleras, sentía tres pares de ojos clavados en mí, y justo en ese momento comencé a saborear el dulce sabor de la venganza que comenzaba a cocinarse a fuego lento.

Mi hermana estaba planeando una nueva forma de humillarme, pero esta vez, yo tenía preparado un terremoto magnitud 9.5.

Y su nombre era Holden Somerset.

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