Mamá se ruborizó y mi padre carraspeó incómodo porque obviamente lo había dicho con claras intenciones. Amira simplemente apretó la mandíbula con tanta fuerza que pensé que se partiría los dientes. Su plan de humillación no paraba de estrellarse una y otra vez contra el muro impenetrable del apellido Somerset.
—Oh, por supuesto —respondió mamá, olvidándose de todo lo que me había dicho—. Los preparativos de la boda. No pensé que tenían pensado casarse tan rápido, comprendemos.
Ni siquiera tenem