Desde el otro lado de la habitación que era iluminada solo por una bombilla que se balanceaba de un lado a otro, Víctor observaba la escena frente a él. Los brazos cruzados sobre su pecho, la mirada fría, los labios apretados.
—Te lo preguntaré una vez más. ¿Dónde están los sellos? —El mercenario a cargo acompañó la pregunta con un nuevo golpe a las costillas de la mujer que emitió un leve quejido antes de que todo su cuerpo colgara inerte.
—Bien hecho, ahora ya no nos sirve. —El Master dejo su