Abital se quedó helada frente al enorme espejo en las habitaciones de Uriel.
Apenas reconocía a la mujer que la devolvía la mirada.
Había desaparecido la temblorosa sirvienta de Silverwood.
La chica en el reflejo se erguía más alta ahora.
Más fuerte.
Su vestido negro plateado la envolvía como la luz de la luna tejida en seda, ajustándose perfectamente a su cuerpo. Las mangas se adherían a sus brazos antes de caer sueltas en sus muñecas, bordadas con antiguos símbolos plateados que brillaban déb