La montaña no dejaba de temblar.
La luz plateada pulsaba a través de la Cueva de los Ecos en violentas ondas, agrietando las paredes de piedra y haciendo caer polvo desde arriba.
Y de alguna manera,
yo era la causa de ello.
Miraba mis manos temblorosas mientras el poder bailaba sobre mi piel como luz de luna líquida.
Ya no se sentía extraño.
Se sentía despierto.
Vivo.
Mío.
Uriel seguía frente a mí, sus ojos dorados fijos completamente en mí como si no pudiera apartar la mirada.
—Eres diferente