Cuando el avión finalmente aterrizó, Rosalie sintió el peso de la incertidumbre sobre sus hombros. Estaba ahora en un país extranjero, lejos de su tierra natal, y no estaba seguro de si Duncan había conseguido rastrear la trayectoria del avión. La sensación de desamparo la consumía, y ella se preguntaba qué planeaba Victor para su destino.
Louie, el oscuro cómplice que la había arrastrado a esta pesadilla, la sostuvo del brazo, un recordatorio continuo de la violencia que se cernía sobre ella.