Punto de vista de Elara.
Estaba sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada en la cama, observando cómo parpadeaba la luz roja del intercomunicador de la pared.
Dante no había venido a mi habitación a las 8:30 p. m. Eran las 11:00 p. m.
Desde el pasillo, oí voces que se intensificaban. Pegué la oreja a la puerta.
—¡Yo no toqué las cuentas en el extranjero, Dante! ¡Piensa un poco! —La voz de Isabella era estridente, vibrando de pánico.
—Entonces explica la transferencia —la voz