MICHAEL BALDWIN
— ¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA?! — Grité por tercera vez y los malditos guardias se miraron entre sí como si no supieran cómo responderme. Eline se había escapado hace dos días y ni siquiera se había molestado en pedirme permiso.
— L... la señorita se fue en carruaje, mi señor... — murmuraron y me vi consumido por la ira.
— ¿Qué hizo?
— No teníamos cómo detenerla, mi señor... — dijo el primer guardia, y yo reí con desdén.
— ¿Entonces para qué sirven los guardias en esta mansión, si ni si