La tensión había llegado a su punto de quiebre.
Era casi medianoche. Todo el edificio estaba vacío excepto por ellos dos. Ava se había quedado tarde otra vez; esta vez sin ninguna excusa. Sabía perfectamente a lo que se exponía al entrar.
En el momento en que entró en la oficina de Sebastian, él cerró la puerta con cerrojo detrás de ella y la atrajo hacia un beso feroz y desesperado. Ya no hubo provocaciones ni un aumento gradual. Solo una necesidad pura y cruda.
La levantó sobre su escritorio,