Héctor golpeaba la puerta desde fuera: —Nadia, soy yo. Abre la puerta, ¡tengo que hablar contigo!
Nadia, sentada en la cama, no quería responderle.
—Nadia, sé que estás ahí dentro. ¡Abre la puerta! Contaré hasta tres, si no abres, ¡voy a derribarla!
La sirvienta, preocupada, dijo desde afuera: —Señor Celemín, no puede derribar la puerta. ¡Hay que hablar las cosas con calma!
Héctor ya había comenzado a contar: —Uno, dos...
Nadia se levantó y abrió la puerta.
En el umbral vio la alta y erguida fig