Valentina intentó irse rápidamente.
Pero Mateo le bloqueó el paso.
—Valentina, ¿no tienes nada que decirme?
Valentina levantó sus brillantes ojos hacia él.
—¿Decir qué?
Mateo apretó sus finos labios.
—El auto de lujo que conduces, la mansión en la que vives, ¿de dónde vienen? ¿Con el dinero de quién?
Valentina enderezó su delicada espalda.
—Señor Figueroa, lo único que importa es que no he gastado su dinero. El resto no es de su incumbencia.
Valentina intentó irse.
Pero la alta y fornida figura