Después del divorcio, ella se mostraba desafiante frente a él, como un gatito feroz que saca sus pequeñas garras para arañarle el corazón.
No dolía, pero le causaba un cosquilleo.
Valentina cayó en sus brazos, inmediatamente envuelta por su limpio y refrescante aroma masculino. Luchó con más fuerza. —¡Suéltame!
Mateo la empujó, haciéndola caer sobre la cama.
La delicada espalda de Valentina se hundió en el suave colchón. Cuando intentó levantarse, esa presencia masculina volvió a cernirse sobre