La droga era un infierno despiadado que convertía el cuerpo de Joyce en un desastre chorreante y palpitante que solo anhelaba polla. Estaba tumbada en la cama, con el semen aún goteando de su coño hinchado y su culo, pero sus caderas seguían moviéndose débilmente, buscando fricción.
Los dos hombres se miraron entre sí y sonrieron como lobos que acaban de encontrar carne fresca para toda la noche.
—Ronda dos, pequeña —dijo el primer hombre delgado, el del tatuaje, con su gruesa y venosa polla—