MARION
Cuando llegamos a casa de mis padres, el sol ya se había puesto, tiñendo el cielo de esos suaves tonos dorados que mi madre siempre decía que eran "buenos presagios para las reuniones familiares".
Aparqué el coche, me bajé y fui a abrir la puerta de Demetria. Me sonrió, sosteniendo las dos cajas de postres de su pastelería como si fueran tesoros invaluables.
"¿Segura que no quieres que las lleve?", le pregunté.
Negó con la cabeza. "No. Las hice yo. Las voy a regalar".
Dios, qué mona era.