Capítulo
Promesas bajo el atardecer
El sol comenzaba a descender lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas que parecían pintados a mano. La casa de Flor no estaba en silencio como de costumbre. Al contrario. Había un movimiento distinto, un murmullo constante, una energía que se sentía viva.
Gabriel llevaba desde temprano organizándolo todo. No era una cena cualquiera. No era solo una reunión. Era una forma de agradecer. De reconocer que, a pesar del dolor,