Esa tarde, el cielo sobre la villa estaba despejado tras varios días de lluvia incesante. La luz del atardecer entraba con calidez por los grandes ventanales de la sala. Por primera vez desde que se desató todo aquel caos, reinaba una auténtica paz en la casa.
Lydia estaba sentada en el sofá y sostenía una taza de té caliente. Se veía mucho más recuperada que unos días atrás. La palidez que antes le cubría la cara había empezado a desaparecer, aunque el doctor todavía le insistía en que descansa