La puerta de hierro siguió abriéndose despacio.
La luz del exterior entró a raudales y deslumbró a Naomi, cuyos ojos llevaban mucho tiempo acostumbrados a la penumbra del lugar. Entrecerró los ojos para intentar distinguir la figura parada en el umbral.
La silueta alta se detuvo un momento. Entonces, Naomi escuchó una voz que le pareció vagamente familiar.
—¡Naomi!
A Naomi se le paró el corazón.
—¿Brandon? ¿Eres tú?
—Sí, soy yo.
Se apresuró hacia ella. Su mirada reflejaba alivio, aunque la preoc