Antes de que el médico pudiera responder, se escucharon con mayor claridad unos pasos que se acercaban entre el humo. No se trataba de una o dos personas, sino de un grupo que avanzaba a toda prisa por el pasillo.
Jasper levantó la mano izquierda como señal.
—Dos de ustedes, conmigo.
Dos guardias se adelantaron.
—Los otros cuatro quédense con la señora Lydia. No los dejen solos ni un segundo.
—Sí, señor.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Otra ráfaga de disparos desgarró el aire. Varias balas se estrellaron c