Unos segundos después, Hector tomó un bolígrafo.
Sin decir casi nada, sacó una pequeña hoja de papel del bolsillo y anotó una dirección con letra pulcra. Al terminar, deslizó despacio el papel sobre la mesa hacia Cale.
—Hasta aquí puedo ayudarte.
Cale bajó la mirada. La dirección ocupaba unas cuantas líneas, pero bastó para que se tensara al leerla. En su mente solo quedó un nombre.
Silas Evermont.
Cale dobló el papel con calma y se lo guardó en el bolsillo del saco. Se levantó sin dar las graci