Trent apenas entendía cómo aún lograba moverse. La sangre le bajaba por la sien y le empapaba el cuello de la camisa. Tenía el hombro izquierdo casi entumecido después de recibir varios golpes con una barra de hierro. Hasta respirar le resultaba una lucha, y cada vez que llenaba los pulmones sentía una presión insoportable.
Sin embargo, todo aquel dolor parecía insignificante comparado con la aterradora escena que acababa de presenciar. Los dos autos negros habían desaparecido calle abajo con Ly