—Señora Lydia, por favor, créame. —Naomi se abrazó a sí misma para controlar el temblor de las manos. No apartaba la mirada de Lydia y le suplicaba en silencio que la escuchara—. De verdad no recuerdo nada; era demasiado pequeña en ese entonces. Solo me impactó lo que acababa de decir el señor Miller. Se lo juro.
Pero Lydia no podía calmarse. Nunca imaginó que, al llevarles el desayuno a su esposo y a la muchacha que consideraba como a su hermanita, acabaría oyendo algo tan inesperado.
¿Era esa