Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl antiguo túnel aduanero parecía la garganta de piedra que se los tragaba enteros.
Sus paredes estaban húmedas, impregnadas del olor a sal, gasóleo y algo más penetrante: aceite combustible. Ricardo. Por supuesto. Si ese hombre no podía poseer algo, prefería reducirlo a cenizas. Alejandro iba al frente. La pistola en su mano derecha. El brazo izquierdo, vendado de forma tosca, se le tensaba de vez en cuando al menor movimiento brusco del hombro. No se quejaba. Detrás de él, Isabella avanzaba con la mayor calma que podía forzarse; con una mano se apoyaba en la pared de piedra para mantener el equilibrio, mientras la otra permanecía libre, muy consciente de que no llevaba nada más que su propia persona al entrar en esa guarida. Javier y Ruiz se desplegaron a ambos lados. Adrián caminaba justo detrás de Isabella. Valentina cerraba la marcha; sus botas apenas hacían ruido sobre la piedra húmeda. El grito de la mujer resonó de nuevo. Más cerca. No era un alarido de pánico. Parecía más bien la voz de alguien que, a pesar de estar retenida, se niega a rendirse. Lucía. Alejandro se detuvo en la primera curva y levantó la mano. Todos guardaron silencio. Desde el otro lado de la pared curva que tenían enfrente, la voz de Ricardo se escuchó con total claridad. «…debiste haberte deshecho del libro desde el principio». Lucía soltó una risa breve y seca. «¿Y dejar que reescribas la historia de tu familia una vez más? Sería una forma demasiado aburrida de morir». Valentina soltó un suspiro casi imperceptible. «Sí. Esa es ella». Alejandro miró de reojo a Javier. Dos dedos levantados. Un mínimo de dos hombres. Quizá más. Avanzaron de nuevo. Un poco más. Y un poco más todavía. Hasta que el pasillo se abrió por completo ante ellos: se hallaban en la antigua nave de aduanas, un largo almacén de piedra con techo bajo, estanterías de hierro oxidadas, una gran mesa de madera y una puerta de hierro que daba al muelle trasero, abierta directamente hacia el mar. En el centro de la estancia, Lucía Cárdenas permanecía atada a una silla metálica. Tenía el labio partido. Un lado del rostro amoratado. Pero sus ojos seguían vivos, llenos de desafío y desprecio. Delante de ella, sobre la mesa de madera, descansaba el libro negro abierto. Ricardo estaba de pie al otro lado de la mesa; su bastón negro apoyado junto a la pata de la silla. Serrano permanecía cerca de la puerta que daba al mar, con la pistola empuñada. Y había otro hombre, más joven y de complexión robusta, que vertía líquido de un bidón sobre un montón de documentos y carpetas. Aceite. «Poca imaginación», murmuró Valentina entre dientes. Alejandro alzó su arma. Pero se detuvo al instante. Porque Ricardo volvió a hablar. «Hay algo que no entiendes, Lucía. La gente no recuerda la verdad. Solo recuerda a quien tiene suficiente dinero para construir una versión que les resulte más cómoda». Lucía escupió un poco de sangre al suelo. «Entonces ya puedes ir preparándote para entrar en pánico, porque esta vez hay testigos». Ricardo esbozó una sonrisa fría y tenue. «Aquí no hay nadie que no esté ya comprado». Alejandro salió de entre las sombras con paso firme. «Vuelve a hacer la cuenta». Todas las cabezas se giraron de golpe. Ricardo se quedó inmóvil durante una fracción de segundo. Solo una fracción. Pero fue suficiente para revelar que, por primera vez, ni siquiera él tenía el control absoluto de la situación. «Alejandro». El nombre salió de su boca como una molestia, no como un saludo. Alejandro avanzó hacia el centro de la estancia con una calma absoluta. Una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito. «Padre», dijo con voz plana y sin matices. Adrián salió entonces del pasillo, por el lado izquierdo. Los ojos de Ricardo se abrieron de golpe, muy levemente. Esta vez, sin tiempo para ocultar su sorpresa. «Dos fantasmas en una sola mañana», murmuró Lucía. «Empiezo a tomarle el gusto a este día». El hombre corpulento, junto al bidón, levantó su arma. Ruiz le apuntó directamente a la cabeza sin dudarlo. «Inténtalo». El hombre no se atrevió a moverse. Serrano, por su parte, cambió ligeramente de postura, manteniéndose siempre cerca del libro negro. «Si dan un paso más», advirtió con rapidez, «lo quemaré todo». Valentina miró el charco de aceite que se extendía sobre la mesa. Luego miró el bengala que aún llevaba guardada en el cinturón. «Qué curioso», dijo ella. «Yo también traje algo que se lleva muy bien con el fuego». «¡Cállate!», exclamaron tres voces al unísono. Ella se encogió de hombros con indiferencia. «Solo digo que aún puedo ser útil». Ricardo apoyó la mano abierta sobre la cubierta del libro negro. Con posesividad. De una forma repulsiva. «Llegan tarde», sentenció. «Las pruebas están en mi poder. Lucía desaparecerá. Y lo único que quedará serán las palabras de unos ancianos, sin nada que puedan demostrar». «No es así», intervino Adrián. Su voz sonó potente por primera vez en mucho tiempo. Cargada con todo lo que había guardado en silencio durante demasiado tiempo. «Esta vez, lo que queda… soy yo». Ricardo se giró hacia su hermano. Y durante un segundo, todas las máscaras de esa familia cayeron por completo. Ya no se veía al patriarca respetado. Ni al aristócrata influyente. Ni al jefe de familia. Solo a un hombre viejo y asustado, que temía que la historia finalmente adquiriera rostro y voz propios. «Deberías haber muerto hace mucho», siseó con rabia. Adrián dio un paso más, acercándose apenas unos centímetros. «Y tú deberías haber aprendido, hace mucho también, lo que es la vergüenza». Serrano movió ligeramente el cañón de su pistola. Alejandro lo notó al instante. Isabella también. Y Javier también. Todo el ambiente de la estancia parecía sostenerse sobre el filo de una navaja. Lucía miró hacia Isabella. Sus ojos se detuvieron brevemente en el vendaje que cubría el brazo de Alejandro. Luego, con voz ronca y gastada, advirtió: «Que no deje tocar esa mesa. Ahí hay algo más que solo el libro». Isabella miró de inmediato el montón de carpetas. Debajo del libro negro, se distinguía una caja metálica delgada. No era la caja que habían recuperado en la casa de la costa. Era distinta, nueva. Aún conservaba la etiqueta de la aduana pegada en el costado. Ricardo siguió la dirección de su mirada y desplazó rápidamente el libro, ocultando la caja a la vista. Un error. Pequeño. Pero suficiente para ser descubierto. «¿Qué hay ahí dentro?», preguntó Isabella. Ricardo no respondió. En cambio, Lucía sonrió, a pesar de tener el labio ensangrentado. «Algo a lo que le tiene mucho más miedo que al propio libro». La mirada de Alejandro se volvió afilada como una hoja. Ricardo alzó ligeramente la barbilla con arrogancia. «Sigue hablando, Lucía. Me encanta ver a una mujer que se empeña en cavarse su propia tumba». «Ya vi tu tumba hace doce años», le respondió ella con frialdad. «Lo que pasa es que tú no has tenido el valor suficiente para entrar en ella todavía». Valentina soltó una risita sincera y espontánea. «Adoro a esta mujer». Sin apartar la vista del frente, Ruiz comentó: «A ti te gusta todo el que tenga valor y no intente matarte». «Mis criterios son bastante flexibles», respondió ella sin inmutarse. Alejandro dio un paso adelante. Serrano tensó aún más su postura, listo para disparar. Ricardo levantó una mano, apenas un gesto. «Alto». No se dirigía a Alejandro. Se dirigía a Serrano. Luego clavó la mirada en quien, aunque no fuera su hijo, se mantenía firme frente a él. «Si retrocedes ahora, haré que esos niños crezcan sin tener que enterarse de toda la vergüenza que dio origen a su existencia». Isabella sintió náuseas al oír la palabra «origen» salir de la boca de ese hombre. Alejandro ni siquiera parpadeó. «Ellos crecerán», dijo con voz serena pero firme, «sabiendo qué clase de monstruo intentó traficar con el nombre de su familia». «La palabra monstruo suena demasiado dramática». «Y la palabra familia suena demasiado barata y sucia cuando sale de tu boca». Ricardo frunció los labios con desagrado. Quizá por primera vez en su vida, se encontraba en una habitación donde nadie creía ya en él. Se notaba en la forma en que apoyaba las yemas de los dedos sobre la cubierta del libro. Con demasiada fuerza. Con una necesidad desesperada de mantener el control. El alguacil no estaba allí. No había cámaras oficiales. Ni jueces. Solo estaban ellos. La verdad. Las armas. Y el aceite. «Ricardo». La voz de Adrián sonó grave y firme. «Deja el libro. Suelta a Lucía. Sal de aquí». Ricardo se giró lentamente hacia su hermano. «¿Y dejar que reescriban toda mi vida a su antojo?». «No tu vida», corrigió Isabella con frialdad. «Tus mentiras». Serrano cambió el peso de su cuerpo sobre la pierna izquierda. El hombre corpulento, junto al bidón, se tensó por completo. Javier movió el cañón de su arma apenas unos milímetros. Ruiz hizo lo mismo. Todos esperaban el mínimo gesto que desatara el caos. Lucía también lo esperaba. Por supuesto. Y fue ella misma quien provocó ese pequeño gesto decisivo. Con toda la fuerza que le permitían sus ataduras, se lanzó bruscamente hacia su derecha, haciendo que la silla metálica cayera con gran estruendo contra la mesa. El libro negro se deslizó y cayó. La delgada caja metálica que había debajo quedó al descubierto, llena de documentos. Alejandro se lanzó hacia adelante. Ricardo también. Serrano alzó su arma. Valentina lanzó su bengala. No hacia el fuego. Sino directamente contra el bidón. Una llamarada roja deslumbrante y una explosión de aceite hirviendo hicieron que el hombre corpulento gritara y retrocediera aterrorizado. Serrano disparó. Ruiz respondió al fuego. El bastón de arma de Ricardo soltó un estampido seco. Lucía gritó. Alejandro se abalanzó sobre la mesa. Ricardo intentó aferrarse a la caja metálica. Isabella corrió hacia Lucía. Y todo el viejo almacén se desmoronó en medio de un caos de llamas, disparos y el viento del mar que golpeaba con fuerza la puerta abierta a sus espaldas.






