El sábado llegó con el sonido de la fuente todavía en el cuerpo de Alice.
No era solo el recuerdo del jardín de Thomas, ni la imagen de la palmera frente a ellos, ni el banco de piedra tibia bajo la tarde de septiembre. Era una temperatura más lenta, más estable. La de una conversación que había durado casi una hora sin que ninguno necesitara empujarla hacia una conclusión. La de dos manos descansando sobre el mismo banco, separadas por una distancia mínima que ninguno cerró y que ninguno volvió