Capítulo 2

A las 9:00 AM de un día de viaje y trabajo, Romer se acercaba al estacionamiento del galpón donde la empresa guardaba los camiones que distribuían lo rubros ya procesados, y en el cual, también se ubicaba el complejo administrativo principal de Maracaibo. Una mezcla entre lo industrial y opulento. El elegante centro de operaciones de Lácteos del Lago.

Romer esa mañana iba vestido de camisa, chaqueta, jean y botas de seguridad. Sin abandonar jamás su característica de Empresario, pero tampoco siendo demasiado ostentoso. Aragón usaba trajes de etiqueta cuando la ocasión lo ameritaba, pero la mayor parte del tiempo, se cubría con prendas cómodas que lo hacían ver joven y responsable. El calor marabino también era un motivo de comodidad.

El vigilante vio llegar la Silverado y se apresuró a mover el cono anaranjado.

–¡Buenos días, jefe! –saludó con un gesto de cabeza, el encargado de la garita principal.

–Cuidando el patrimonio, ¿eh? –Romer se encontraba de buen humor. Bajó de la camioneta y se acercó para darle unas palmadas en la espalda al vigilante y ofrecerle su mano–. José, ¿por casualidad, viste llegar a…?

Unos neumáticos frenando los exaltó, haciendo que girasen el cuerpo para ver de quién se trataba. Sin nada de tiempo que perder, José y Romer, con ojos como platos, vieron a una joven bajarse de un carro color plateado, dejándolo mal estacionado, para luego caminar violentamente a la puerta principal de las oficinas.

–¡Señorita! Debe mover el…

–¡No tengo tiempo, José! ¡Lo siento! –gritó la chica, lanzándole las llaves del automóvil, al asombrado vigilante de la mañana.

Romer quedó quieto. Literalmente. Sus cejas se arrugaron en desconcierto por la osada forma de entrar de la joven. Y sin pensarlo dos veces, salió tras ella.

–¡Espérese ahí! –exclamó él.

–¿Esto por qué está cerrado? –La chica sacudía el picaporte de la puerta como si intentara escapar de una escena de horror.

–¡Que se detenga, le digo! –exigió de nuevo.

La muchacha no volteaba, y tampoco dejaba de moverse de forma apurada y ansiosa; hasta que alguien del otro lado abrió de repente, haciéndola inclinarse hacia delante.

–Oh –exclamó la persona que había abierto la puerta–. Ah, señorita, es usted. ¿Cómo está…?

–¡¿Dónde está el señor Mendoza?! –chilló la joven.

Romer se acercó a su espalda, tocó su hombro, pero la chica se sacudió para que no la volviera a tocar.

–¡¿Dónde está Josué Mendoza?! –continuó gritando la recién llegada.

La mujer que abrió la puerta, estupefacta por la reacción de la muchacha, solo pudo levantar un brazo e indicarle el camino a la oficina del dueño de la empresa.

–¡¿Qué haces?! –gruñó Romer al ver que Mercedes, su secretaria, dejó pasar sin más, a aquella maleducada.

–Romer… –intentó convencerlo–, no la sigas, no hace falta.

–¿Cómo dices? –El administrador cruzó una mirada dura con su asistente. No podía creer que Mercedes le impidiera una sola cosa. Así que, separándose de ella, se dirigió escaleras arriba, donde se suponía que ya se encontraba el dueño de aquellas oficinas.

Aragón siguió el sonido de los tacones femeninos sobre el suelo metálico de acero inoxidable, generando un ruido estrambótico por todo el edificio. Algunas personas asomaban su cara para ver la escena.

–¡Señor Aragón! –Mercedes corría tras él.

El joven no quitaba ojos de encima a la veloz figura que se acercaba a la puerta que decía, "Dirección".

–¡Hey, Epa! No puede entrar allí –seguía exigiendo el hombre.

–¡Señor! –llamaba nuevamente Mercedes.

–¿Qué sucede? –reclamó el director al ver entrar a la chica.

Y como un terremoto, la muchacha luego de abrir la puerta, la cerró en las narices de Romer, envalentonando más su rabia. El administrador alzó los brazos en puños para tocar la puerta, pero se detuvo en seco al escuchar un grito desde el interior de la oficina.

¡¿Por qué hiciste eso, papá?!

«¿Papá?», se preguntó. Poniendo los ojos como dos huevos fritos, Romer se detuvo mientras se desencadenaba una pelea anormal.

La secretaria llegaba sin aliento.

–Romer… –ella intentaba respirar, –ella es la hija de Mendoza.

–¿La hija? –El joven estaba desconcertado.

–Sí. Y la única que podría llegar aquí de ese modo.

–Ya va, espera... –Romer deshizo los puños y puso los brazos en jarras–. ¿La hija? ¿Ella no estaba en...?

Mercedes asintió.

–Llegó ayer –corroboró ella.

Acabo de llegar ¡¿y ya me quieres enviar al otro lado del mundo?!

Te calmas o te largas ya de aquí. ¡Estás armando un escándalo!

¡No me voy a calmar! Es injusto, papá.

¡Te vas calmando de una buena vez! Y deja que te explique...

No quiero ninguna explicación. Es simple: no voy a salir de nuevo del país. ¡No me voy a ir a ningún lado!

Mercedes, Romer y cuanta persona se acercara, podían escuchar los gritos de padre e hija.

–¿Pero qué carajo le pasa a esa niña? –preguntó Aragón en un susurro.

Mercedes respiró hondo.

–Ella es así. Por eso la dejé pasar de una vez...

Te vas a donde yo diga, ¡y punto!

– ¡Me quieres fuera de la casa! Ya soy mayor de edad y puedo estar donde yo quiera...

No te quiero fuera de la casa... Es más chica, si no dejas de gritar, ¡llamo a Karlina y que te ponga en el primer avión!

Karlina, Karlina. ¡Karlina! Siempre con tus amenazas. Si quieres que me vaya de la casa, ¡me iré y ya está! Pero no voy a cursar otros de tus cursos de idiomas. Y si viene tu secretaria, ¡no le haré caso!

Cálmate, Canela. Te lo advierto...

–¡No me calmo! Ten en cuenta de una vez, Mendoza, que si insistes en enviarme nuevamente fuera de Venezuela, me iré de la casa. Y no quiero que me vayas a buscar llorando después para que regrese.

¿Ahora me estás amenazando tú, niña impertinente?

Ya no soy una niña. Tenlo en cuenta. ¡Que no se te olvide!

Voy a llamar a tu madre para ver si te comportas igual de grosera con ella.

–¡No hace falta! Voy ahora mismo a hablar con mamá. ¡Permiso!

Ambos afuera, Mercedes y Aragón, adivinando que abrirían la puerta en ese momento, se quedaron en vilo esperando por alguna escena tan desagradable como la discusión de la que sin querer estaban siendo testigos.

¡No se te ocurra gritarle a tu madre!

–¡Déjame en paz! Si quieres comprar un pasaje de avión, cómpraselo a Karlina. Que la tienes explotada de trabajo.

Romer se echó para atrás en un segundo y en otro, sintió en su cara una corriente de aire proveniente de la violenta manera en la que fue abierta la puerta. Como secuela de aquel despelote, la hija del Señor Mendoza chocó contra él, quien por inercia la sostuvo para no desplomarse.

–Shit! –exclamó la joven en inglés, intentando apartarse de aquel obstáculo humano.

Romer la tomó de la cintura y la aferró a su cuerpo, pero nada más allá de querer enderezarla.

–¡Suélteme! –dijo ella.

Romer estaba enredado. Quería enderezarla, pero ella no dejaba de moverse.

–Imbécil. ¿Me suelta o qué?

–¡CANELA! –gritó su padre.

Romer cerró los ojos y apretó la mandíbula. Odiaba a la gente grosera. Pero sin querer y pensando que era imposible, le llegó un olor dulzón que le hizo abrir los ojos de inmediato e inclinar la cabeza. Esa rabia al escuchar el insulto se disipó tan solo un segundo al ser testigo de las formas delicadas del rostro de la jovencita. Pero ese segundo dio paso nuevamente a la ira y la soltó de inmediato. La joven se tambaleó por el empujón nada delicado del hombre, y arrugó completamente la cara. Mendoza salió velozmente detrás de su escritorio.

Ya para ese momento, Romer estaba preparado para defenderse y con una suave pero tensa voz, preguntó:

–¿A quién llamaste imbécil?

Canela se fijó en aquel troglodita que le impedía salir. Separó los labios un poco sin percatarse. Aquel hombre, quien la miraba con desparpajo, le hizo darse cuenta de la molestia caisada. No había visto antes unos ojos tan oscuros y... sinceros.

–¿A quién le dices imbécil? –repitió el hombre.

–Aragón –pronunció Mendoza, carraspeando la garganta–, perdona a mi hija. Canela, pide disculpas.

–Eh... –Ella no podía soltar nada coherente.

–Canela... –Su padre se acercó a ellos y abrió más la puerta. Con los brazos cruzados en el pecho, dijo–: te presento a Romer Aragón, el administrador de Lácteos del Lago.

La chica emitió un quejido y su rostro se puso de un rojo escarlata. Miró detrás de Romer para darse cuenta de la presencia de Mercedes. Esta última movió la cabeza, alentándola a que dijera algo.

–Disculpe. Yo... Disculpe –susurró.

–¿Cómo dices? –preguntó Romer inclinando la cabeza y arrugando la nariz–. Josué, creo que a tu hija le comieron la lengua los ratones.

–¿Los ratones? –opinó el padre de Canela–. Gavilanes, querrás decir.

Mercedes hizo un sonido extraño con la garganta. Mendoza, en cambio, no se resistió y se echó a reír. Canela giró el cuello hacia su padre con los labios arrugados.

–¿Te vas a disculpar sí o no? –preguntó el director.

¡Señorita, señorita! –Todos escucharon la voz de José, el vigilante, acercarse por los pasillos–. Ya acomodé su carro, aquí tiene la llave.

–Gracias, José. Y disculpa lo de antes.

Romer abrió la boca en desconcierto y emitió una sola exhalación. ¿Se disculpaba con el vigilante pero no con él?

–Canela Sofía, dile algo a Romer y luego te vas para la casa.

Su hija respiró hondo para desacelerar su instinto asesino. Habría pedido disculpas y hasta se habría ido de allí, si no fuese por la extraña energía que le generaba aquel hombre tan altanero. Le dio tiempo a pensar en lo increíblemente guapo que era. Se preguntó desde cuándo tendría el puesto.

–Quiero disculparme con usted, señor...

–Aragón. Romer. El Imbécil –completó él mismo.  

Mercedes se devolvió a su sitio de trabajo.

Canela se aclaró la garganta.

–Perdone por haberlo llamado de esa forma, señor...

–Aragón.

–Aragón –repitió la joven.

–Romer –dijo su padre.

–¡Romer! –repitió la joven con los dientes apretados–. Disculpe, señor Romer Aragón –soltó, con una sonrisa falsa.  

–Ahora vete a casa y compórtate –demandó el dueño de la empresa.

Un solo suspiro era lo que ella necesitaba. Y tras tomarse su tiempo, se alejó de aquellos dos sabiendo que se burlaban de ella. Pero antes de cruzar hacia la izquierda para bajar las escaleras, giró su cuello tan solo unos segundos por morbosa curiosidad. Romer la seguía con la mirada.

Mendoza dejó salir un largo resoplido después de acomodarse en su asiento.

–Juro que esa muchacha acabará con mi vida.

Romer se sentaba en una de las sillas ubicadas frente al escritorio. Movió las cejas como diciendo "parece complicado". Sacó su celular y lo puso sobre la mesa.

–Ha crecido demasiado, Josué. Si no la escucho llamarte papá, nunca me habría imaginado que era tu hija. Las fotos que me mostraste son viejas o el tiempo pasa volando. ¿Cuándo llegó?

–Ayer –negó con la cabeza.

Romer asintió, recordando que Mercedes ya se lo había contado. Entonces, Josué alzó las palmas al frente como para detener una obviedad.

–Sé que puede parecer algo terrible lo que voy a decir, pero quiero que se vaya. Es demasiado rebelde para esta tierra de locos. Y entre los nervios de su madre y los míos, prefiero que se mantenga alejada.

Romer se puso serio.

–¿Cuándo te vas a buscar un escolta?

–¿Otra vez, muchacho? ¡Que no hace falta!

–¿Entonces por qué la quieres fuera del país? –Josué clavó su mirada en él–. Una vez, no, dos veces te han robado, has sido estafado, todavía te estás recuperando del desastre en los galpones de Mérida y apenas hace unos meses, vienes a tener vehículo nuevo después de que te jodieran el anterior. Debes tener un escolta y ahora con más razón –dijo, señalando hacia la puerta.  

Josué respiró hondo. Obvió parte de lo que Romer estaba diciendo, para seguir hablando de Canela.

–¿Por qué la quiero lejos de aquí? ¿No la viste? Es una niña con el cuerpo de mujer. ¡No sé liderar con eso!  

Romer movió la cabeza imperceptiblemente, intentando no afirmar eso último.

–¿Cuántos años tiene?

–Dieciocho años –respondió Josué–. Los acaba de cumplir, ahora en agosto. –Mendoza negaba con la cabeza–. Parece mentira, pero ya es mayor. Y pareciera que a esa edad, accionaran un suiche en los muchachos que les hace ser más contestones y altaneros.

–Es normal que sea rebelde. Es hija tuya –dijo Romer, sonriendo.

Mendoza compartió la sonrisa.

–Nada que ver, muchacho. Yo no tengo nada de culpa en las locuras que hace mi hija.

–Bueno, lo que tú digas. Y exactamente, disculpa que me meta…, ¿por qué discutían?

El señor suspiró de nuevo resignado a contarle a su mejor empleado, la situación que amenazaba con ser un cáncer.

–Porque no quiere irse del país… otra vez. –Alzó las manos–. Me lo imaginaba, pero no sé por qué no la vi venir. Llegó ayer. ¡Ayer! La bienvenida fue color de rosa hasta que… hasta que le dije: ¡Sorpresa! ¡Te vas para Suiza! –Se inclinó hacia delante en su silla–. Cualquier jovencita de su edad saltaría de alegría con ese regalo. ¿Por qué ella no puede ser como todas? ¡¿Por qué?! –Tomó un bolígrafo, lo batuqueó en su mano y lo soltó de inmediato–. No cualquiera se va a Suiza así nada más, de la noche a la mañana y menos a estudiar; y lo más engorroso y terrible para estos padres que somos Nereida y Yo: ¡A vivir sola! La verdad, es que no entiendo. ¡No entiendo! –Romer se reía–. Y ¿quién le explica algo a esa chiquilla? ¿Quién? ¿Quién la convence? ¿Su madre? ¡Jm! Se iría primero Nereida que Canela.

–¿Se iría primero? –preguntó Romer, extrañado. Al ver que Josué no le respondió, siguió opinando–. Bueno, me dijiste que acaba de llegar. De Nueva York, ¿no? Creo que ya ha tenido mucho.

–Sí, supongo.

–¿Cuánto tiempo estuvo viviendo allá? ¿Un año?

–Sí. –Mendoza lo miró serio–. Un año, sola.

Aragón alzó las cejas por el dato.

–Josué… ¿Sola? ¿En serio?

Mendoza suspiró y asintió.

–Bueno, ella ha crecido –continuó Romer–. Y en vez de emanciparse completamente, viene y se enclaustra en tu casa y decide quedarse con ustedes. Yo creo que debes contarle lo que pasa, Josué. Porque si se queda, que es lo más seguro, le vas a tener que poner un escolta. Si no te cuidas tú, entonces invierte el dinero del viaje al que ella no irá, en una buena agencia de seguridad.

Mendoza se quedó pensativo, mirando al joven de tan solo 25 años. Un consejo bueno, muy bueno. Lo que le faltaba a Josué, era palmearle la cabeza para elogiar su discurso. Pero no dijo nada más. Lo pensaría, como pensaba cada cosa que Romer le recomendaba.

–Por cierto… –preguntó el administrador–, ¿ya llegó Carlos con los proveedores?

–No –respondió Mendoza saliendo de su burbuja. Miró el reloj–. ¡¿Dónde está ese muchacho?!

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