Se me estaba haciendo difícil conciliar el sueño. Luciano había salido después de la conversación con Ludovico, prometiéndome que volvería pronto, pero las horas pasaban, y la cama se sentía cada vez más fría y vacía. Mi mente era un torbellino: la felicidad por nuestra hija y la preocupación por lo que Luciano enfrentaba se mezclaban en un caos que me consumía.
Finalmente, me levanté y me dirigí al jardín. La brisa nocturna era fresca, pero no lograba calmar mi ansiedad. Allí encontré a Bianca