La espera se hizo eterna, cada minuto corría una larga hora donde la vida de Vicenzo estaba más distante de mí, la angustia me hacia ponerme en la peor situación e imaginar que su luz se apagaba como la llama una vela consumándose lenta.
Oraba al cielo y sentia que mi voz no era escuchada todo el ruido a mi alrededor era insoportable. Deseaba correr a esa sala donde estaba rodeado de médicos y enfermeras tomar su mano, hablarle al oído, llamarla suavemente y hacerlo venir hacia mí, hacia Peter.