Punto de vista de Bailey
Adrian no respondió enseguida. Miró fijamente al techo con la mandíbula tensa, como si estuviera dando vueltas a algo en su mente, decidiendo cuánta verdad podía yo soportar.
Las máquinas seguían con su pitido constante alrededor de nosotros. Las luces fluorescentes zumbaban. Podía oír mi propio corazón latiendo.
—Adrian —dije otra vez—. ¿Sabes quién es?
Volteó la cabeza lentamente y me miró. Esos ojos grises, cansados y pálidos, pero todavía tan agudos como siempre.
—S