Capítulo 32 — Los últimos días de mi vida.
Entré en la habitación privada de la clínica casi sin aliento; mi corazón latía con fuerza en el pecho. No podía creer la coincidencia que me había llevado hasta aquí, pero cuando vi a Teresa, supe que no podía dejarla sola. Sin perder tiempo, me acerqué a la cama y tomé su mano, tratando de ofrecerle un poco de consuelo mientras los médicos trabajaban a su alrededor.
Pude notar su cara de asombro al verme allí; no se lo esperaba en absoluto. También noté que el doctor que la estaba atendiendo