EVELLESSA
No podía decidir qué me irritaba más: que Cassain estuviera enfadado o mi propio fastidio por el enojo de Cassain. En cualquier caso, para cuando llegó la hora del almuerzo, estaba a solo una mirada de lanzarle una bandeja a alguien.
Entré a la cafetería abrazando mis libros contra el pecho como si fueran un escudo, principalmente porque dudaba que pudiera resistir el impulso de golpear a alguien con ellos. Como siempre, la gente me miraba: algunos con curiosidad, otros con miedo y el