Después de que Ricardo dijera esa frase, a Julio se le salieron los ojos de las órbitas, ¡al jefe siempre le habían caído mal los niños, en realidad tomaría la iniciativa de preocuparse por una niña!
La niña salió por la puerta del coche con un brillo en los ojos, alargó la manita para abrir la puerta y subió con familiaridad: —Gracias, eres muy amable.
Guardó obedientemente su pequeño paraguas e incluso extendió sus regordetas manitas para quitarse la lluvia de los zapatos, intentando no ensuci