La lluvia empezó a caer justo cuando Ezra terminó de abotonarse el último botón de la camisa, como si el cielo mismo hubiera estado esperando la señal para acompañar lo que estábamos a punto de hacer. Lo observé desde el marco de la puerta del vestidor, viéndolo ajustarse los puños con una precisión mecánica que no lograba disimular del todo la tensión que le recorría los hombros.
—No hace falta que vengas —dijo, sin darse vuelta, con la mirada fija en su propio reflejo en el espejo —Esto es en