La adrenalina del enojo se funde con la del deseo y Albert se transforma en un hombre ardiente y apasionado. Sin mirar su entorno, sin preocuparse por lo que está a su alrededor, toma a la pelirrubia entre sus brazos y la levanta para sentarla sobre el escritorio de caoba pulida.
Albert la sostiene por la nuca haciéndola su prisionera, mientras con su labios y lengua la besa fervientemente. Con ambas manos, ansioso de sentir el calor que emana de su entrepierna, sube el vestido de algodón ali